Todavía me acuerdo cuando después de leer su novelita de mierda la llamé a su casa. Ella no esperaba mi voz. Y no se imaginaba que una semana antes me la había cruzado y no le quise cagar una cita con un pelado de barba (ya tendrá su entrada).
Ante mis comentarios, mis reclamos, Norita se quedó callada. Cuando le dije que no había cambiado ni los nombres de mis familiares y amigos, ni de los lugares, me contestó que me quedara tranquilo, que ellos no leían literatura argentina (claro, los cultos amigos de ella sí, ¿no?). Y además salió publicado en una editorial chiquita, no va a tener trascendencia.
Como si eso importara, Nora. Usaste mi historia, mis penas, mi vida, me dejaste en pelotas ante cualquier persona que lea ese libro para cumplir tu sueño de ser escritora. Claro, por fin dejabas de ser el tercer premio en el concurso de Avón, qué feliz que debías ser.
Y ahí vino la frase con la que me di cuenta que tu ego estaba más inflado que nunca. "Bueno, vos sabés que los escritores están todos peleados con sus familias y amigos. Phillip Roth, por ejemplo..". La interrumpí riéndome. "Ah, bueno... "Phillip Roth, Nora? ¿Tu ídolo?". No porque no supiera quién era, ella me había prestado algunos libros.
"Claro, y Truman Capote también", agregó.
Listo, cerrame la 5. En lugar de cerrar tu boca y aceptar que te mandaste una cagada, que lastimaste a alguien que decías querer, te comparás con dos grandes escritores.
"¿Y por qué no escribiste de tu familia entonces?", le pregunté. No dijo nada, o sí. Pero no tenía sentido escucharla. Pobre piba.