jueves, 22 de noviembre de 2018

Hospital Alemán, capítulo 1


Desde que la conocí, Norita tuvo problemas en la espalda, dolores, contracturas, pinzamiento de nervios, y el súmmum de todos: una hernia de disco.

Al poco tiempo de conocernos, tuve que llevarla en taxi a la Clínica San Camilo. Bueno, primero tuve que bajarla por las escaleras del primer piso de su casa, cargada como una bolsa de papas en mi espalda.

Pasó el tiempo, la acompañaba a rehabilitación, me quedaba leyendo en alguna plaza mientras ella hacía R.P.G., y así durante los 2 años que nos soportamos. Hasta que una noche, nuevamente, Norita no daba más del dolor y me pidió que la llevara al Hospital Alemán, del que nos hicimos socios ante su insistencia.

Estábamos en mi casa de Congreso, así que tomamos un taxi y en 10 minutos esperábamos en la guardia. Como había poca gente, le dije que me parecía una buena idea pedir un turno para mi también, porque el dolor que tenía en el pie y muchas veces me impedía caminar era cada vez más frecuente.

¿Para qué lo habré dicho en voz alta? Me re contra cagó a puteadas, una catarata de puteadas y de odio como solo ella es capaz de largar (y los que la conocen en persona, lo saben).

- Pero Rumberita, estamos acá, no hay nadie. Hasta me puede atender el mismo médico que a vos y en 5 minutos resolvemos mi problema, o al menos me da una tranquilidad.

Nada, la lógica no se puede aplicar a una Norita enojada y que como siempre que se trataba de algo que tenía que ver conmigo, creía tener la razón.

Cerré la boca, la atendieron, le compré los medicamentos, le aplicaron una inyección y al salir encontramos un lugar de empanadas muy chiquito, La Cocinita, sobre Av. Pueyrredón. Entramos y comimos unas empanadas. Nos reímos, nos gustaron y prometimos volver... Bueno, nunca volvimos juntos, pero en el 2017 entré a comprar unas empanadas y...  ¿a quién vi en una cita con un pelado de barba? Sí, a Truman Capote de La Paternal, la Phillip Roth de Villa Crespo en un cita. Creo que eso merece otra entrada, en un tiempito la escribiré.

Volvimos a mi casa, y obviamente, al poco tiempo, como sucedía siempre en esa época, nos volvimos a separar, y Norita volvió a su PH. Y en una de las noches siguientes, en las que no podía ni caminar del dolor en mi pie izquierdo, decidí ir al Alemán. Saqué turno en la guardia, me atendieron y en menos de 10 minutos ya estaba volviendo a mi casa. Entre otras cosas, el traumatólogo me dijo que tenía fascitis plantar y una contractura importante. Volví a casa con una orden para 10 sesiones de RPG y otras 10 de fisioterapia, una receta para dos inyecciones, y dos ordenes para ecografías.

Su única respuesta fue el silencio cuando se lo conté por mail (incluso separados, Norita me mandaba entre 6 y 9 mails diarios que pretendía que le conteste como si fueran WhatsApp, ¿porque para qué tenía un BlackBerry?). Jamás, pero jamás Norita pudo admitir que se equivocó.